Libertad

enero 21, 2021

Libertad

Libertad

 

La noche fue larga. Tú no podías dormir. Y nos estuvimos hablando horas, para hacernos compañía y engañar a los nervios.
No me lo podía creer.
No te lo podías creer.

Ahora con la pandemia, los bancos ya no abren a las 8am, sino a las 10. Así que a primera hora me presento en el banco para pagar.
– Pues lo siento pero no lo puede hacer desde esta oficina, debe ir a la oficina central que tenemos en la ciudad.

Joder, no me lo podía creer, en pleno confinamiento total, yo con el dinero, las hojas, mis nervios y mis esperanzas me voy a la ciudad. Cuando llego al banco hay una cola para alucinar, y tienen unos horarios muy estrictos y unas limitaciones tan duras que me empiezo a impacientar.
Mi corazón iba al ritmo de los segundos, y me latían en la oreja. Muy rápidos, apremiantes, inquietos. Recordándome que el tiempo se iba agotando. Y no me podía creer que igual hoy no sería el día. Que igual no podía hacer que salieses hoy. Pero  mañana es festivo y luego viene el fin de semana y vas a estar cuatro días más allí dentro sabiendo que ya podrías  estar fuera. Se me estaba agotando el aire para respirar sólo con esa idea.  Te quería fuera.

Casi como en un partido, en el último minuto, consigo que me atiendan. Y sólo puedo pagar dos de tus tres multas, la tercera resulta que está bloqueada. Incredulidad máxima de las trabas que estoy encontrando. Ahora sé que eran esas señales que no vi.
Bueno pues que pase el siguiente que yo mientras tanto voy a llamar al juzgado a ver qué pasa. Esta vez el juzgado me da el ok y al final ya puedo hacer el pago. Pagado y resuelto. Ahora sólo nos queda esperar unas horas. 
No recuerdo tus últimas horas dentro, recuerdo las mías fuera. 

Madre mía no me lo puedo ni creer, es como cuando haces un pleno jugando a bolos y es tu primera partida. Y ahí estaba yo, sola, en medio de la gente confinada, con las calles vacías sintiéndome muy feliz, volando por el cielo, abriendo las alas y esperando cogerte entre mis brazos mientras tu me coges entre los tuyos.

Hoy sé que es el día en  que más vas a esperar. Por el confinamiento es el día sin agentes judiciales, por tu impaciencia es el días sin llamadas ni nada para comunicarnos. Y es el día en que mis compañeros de trabajo deciden hacerlo todo a última hora. Por la envidia y la desídia de querer verte sufrir sólo para regodearse de ti, de mi, de nosotros. Así que, sólo nos quedaba esperar.

Hoy la tengo que presentar. Porque la necesitamos. Antes, durante y después. Ella, nuestra cómplice necesaria en todo esto. En toda nuestra locura. Locura de aventura compartida y vivida. Ese día comimos juntas, así me ayudaba a llevar mi inquietud, mis nervios, mi emoción que ya no estaba contenida. Pasamos las horas hasta que decidimos venirte a buscar y aún así más de tres horas te estuvimos esperando.

Ella en el volante del coche y yo escondida en el maletero para que nadie me viese ni me reconociese. Y así estuvimos las más de tres horas, ella hablando sola, y yo hablando con ella.

Y de repente, me dice:

– Creo que es él. Ya viene.

Y empecé a temblar, nerviosa. Tu camino de salida hasta nosotras me pareció largo. Pero sé que tú venías volando, haciendo el camino corto hacia nosotras. Que tus ganas eran tan frescas, tan puras, tan tuyas que no las podíamos compartir. Porque el aire y el sol que te tocaban en la cara ya tenían sabor de libertad y eso sólo tú podrías apreciarlo en toda su plenitud.

Y ella bajó a recibirte, y yo sólo pude oírte decir:

– ¿Dónde está mi niña? (ahora vamos con ella, te dijo)
– Ahhhhhh libertad!!! ¡Madre mía!

Desde mi posición, te veo sacar la mano por la ventana y disfrutar del aire en tus manos, cómo un recuerdo muy hondo que de repente te hace recordar que la vida es bonita y que las cosas se pueden conseguir. Este es uno de tus momentos de felicidad máxima. 

Nos alejamos un poco para que de repente ella te haga bajar del coche y te diga que abras el maletero.
Incrédulo, no te podías creer que yo hubiese estado ahí, tan cerca todo el rato.

Y al abrir la puerta, me deslicé y tu me cogiste entre tus brazos.
Nunca voy a poder olvidar ese abrazo. Nuestro primer abrazo. Nuestro abrazo entre corazones, entre pieles, lleno de gratitud, de ilusión, de esperanza y de amor. Y nos besamos. Nos besamos sin miedo a ser descubiertos. Sin miedo a nada.

– Ya está mi vida. Mi niña dulce. -Mi niño dulce. Gracias.

Y ahí empezó nuestra luna de miel. Que se joda el mundo entero. Encerrados. Pero encerrados juntos. En casa. Entre nosotros. Entre abrazos. Entre sonrisas y susurros, entre latidos y promesas en libertad.

Si quiero buscar el  recuerdo desde un sitio de observadora, puedo verte observando la casa, descubriendo cosas con las que no contabas, te observo confiado, calculador, superviviente de la vida, con la energía de un triunfador. Con la prepotencia del que sí que ha conseguido camelarse a la funcionaria para conseguir su cometido y poder salir en libertad. Veo tu capacidad de adaptarte allí donde haga falta para llegar a conseguir aquello que quieres.

Pero mi recuerdo emocional no veía esto, porque me había enamorado. Y te sentí enamorado, agradecido, apasionado, entusiasta y con todas las ganas del mundo para querer hacer algo muy bonito. Y desde ese día me vueltí adicta a ti. Y me dediqué a satisfacer todas tus necesidades. Por miedo a que un día me dejaras de querer.

Y hoy sólo puedo agradecerte por tu regalo. El regalo que me ibas a ofrecer para poder sanar todas mis heridas. El regalo de aprender a soltar todo el dolor y empezar a dar y recibir desde mi amor incondicional.

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