Lo haría una y mil veces

 Confiaba en ti. Por eso me solté. Y me olvidé de mi. Me llevaste a vivir esta aventura de locura máxima.

Me pasaba las horas en casa escribiendo, entrenando y pensando en ti. Quería distraer mi mente del torbellino que me arrollaba y que me quemaba el corazón. Y aún así, sí, sí, sí y mil veces sí. Porque era divertido, arriesgado, irracional y adictivo.
Dentro de mi se estaba gestando la locura, el miedo, la inseguridad, la ansiedad pero también la felicidad, la ilusión absoluta de un nosotros. Y me salía siempre esa sonrisa en los labios que me liberaba del miedo agarrado a mi vientre.
Y aquello sólo era nuestro, porque no se lo pude contar a nadie. Nunca.
Eran los días de confinamiento y yo, confinada bailaba, confinaba escribía, confinada entrenaba, confinada te escuchaba, te hablaba y te amaba.

Creo que no tenías ni idea de las líneas que yo estaba cruzando, de la deuda que esto nos empezaba a generar. De las sorpresas que nos esperaban. No hablo sólo de la deuda económica, sino del aprendizaje brutal de la vida.

Y creo que había llegado mi momento de saldar cuentas conmigo misma. De dejar de tener miedo, de dejar de sufrir por el qué dirán o por el qué pensarán de mi.
Todo se estaba moviendo muy rápido, no iba tan despacio como me parecía a mi. Rápido, al compás de las horas y los días, sin saber pero, que al final sería yo misma quien nos traicionaría. Puede que el final el resultado hubiese sido el mismo, no me culpo. Pero me faltó verdad conmigo misma para poder luego pedirte verdad a ti.

Mi niño, lo haría una y mil veces sólo por poder abrazarte noches infinitas, por mirarte mientras dormías y tocar cada noche nuestros pies desnudos.

Hoy no he podido venir a darte los buenos días, no siempre podía hacerlo. Era una sensación desgarradora entrar a trabajar y mirar que mi puesto de trabajo de ese día estaba lejos de tu celda.
Y ahí estaba yo, encerrada en una cabina. Intentando pensar cómo hacerlo para poder verte, tocarte y sentirte.

Y de repente, ohhh, te veo andar, ahí a lo lejos. Al otro lado de la calle. Y mi mano se posa en el cristal. Mi voz te llama en silencio. Y en ese mismo instante tu mirada se posa en ella. Desde esta sincronicidad sonreí y lloré, todo a la vez, por la sensación de saber que nos habíamos elegido. Y te acercaste corriendo, con el corazón y la mirada llenos de amor y de felicidad.

 Te amo mi niña, te hecho de menos. Por favor, sácame de aquí ya, quiero mi vida contigo siempre.

Y te sonrío, te acaricio las manos y te dejo ir antes que alguien pueda verte aquí conmigo. Y observo irte, tu coletilla, al vuelo, flotaba igual que tú, por habernos visto, por habernos sentido. Otro día.

Y esta noche un pajarito llamará mientras esté en mi cama y te oiré más cerca aunque estemos lejos. Nos escucharemos y nos cantaremos canciones tan bonitas que los sueños nos arrastraran tan lejos que nos dormiremos juntos y nos acariciaremos suave mientras dormimos.

Y así abrazándonos, esperándonos, adorándonos con la paciencia de saber cuidar nuestros momentos. Ojalá tus momentos se hubiesen quedado cuidando y abrazando a los míos, en lugar de viajar por libre.

Noelia Pedrola