Luna

Y somos y venimos de mundos tan distintos que sólo puedo pensar en que somos la misma cara de una moneda. Que la vida se está riendo de nosotros mientras observa cómo nos ha juntado aquí dentro. Yo tu carcelera, tu mi prisionero.
Empiezo a sentir el peso de un mundo en donde lo que estoy sintiendo está mal visto y muy juzgado. Donde existe esta fina línea que sé que estoy traspasando por ti y por mi.

Por mis promesas, por tus promesas, para empezar a romper esas barreras. Y porque estoy empezando a amar todas las locuras de tu mente. Días enteros en casa sin reconocerme. Pensando que no te veía con claridad. Pero gestando ese lazo de un amor irracional capaz de mover el mundo.

Te quiero libre. No sé cómo lo haremos. Lo veía lejos, pero tú siempre focalizando que estaría más cerca de lo que yo pensaba.

Desde donde estoy yo ahora, en este momento, a veces me pregunto el porqué. Sólo por el dolor que ahora siento creo que me debería haber quedado muy quieta ante tus intentos. Pero luego me viene la risa y el recuerdo de la felicidad de todo lo vivido, de todo lo sentido y de todo lo experimentado. Y sobre todo de todo lo aprendido y trascendido.

Que nos queríamos comer el mundo, con tu juventud y mi experiencia. Con tu inconsciencia y mi sabiduría, con tus nervios y mi calma, con tu futuro y mi presencia. Te sigo amando tanto que no me lo puedo llegar a creer. Mi amor por ti va transmutando su forma y se va acomodando de maneras distintas en mi corazón. Y es entonces cuando sé que sólo reescribiendo nuestra historia podré ver cómo pudimos llegar hasta aquí.

Horas de conversaciones robadas al tiempo, para poder estar juntos bajo la afilada mirada de mis compañeros de trabajo, que no se podían creer lo que estaban viendo. Bajo la mirada envidiosa de los otros presos por pensar que eras tú el que me tenías en tu corazón y no ellos.

Y un día suena el teléfono:

– ¿Luna?
– Dime amor.
– …

Y así empezaban todas nuestras conversaciones de 8 minutos. 8 minutos tan cortos que no había suficientes llamadas para decirnos todo lo que queríamos. Y de repente tú oías el aviso de nuestros últimos segundos y empezaba el juego. Jugábamos a ver quién decía su último “te amo” antes que se cortara la llamada.

Tú – Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te a
Yo – Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te

Y hoy eras tú quien lo decía el último y me quedaba con tu voz en mi interior. Mañana seré yo quien te lo diga. Y así nos jugábamos mientras dejábamos pasar los días.

Noelia Pedrola