Me sigo conectando contigo.

 Cuando nos conectamos con nuestra esencia interior, con nuestra verdad absoluta somos capaces de sentir la coherencia en las señales que percibimos. Puede ser que yo no quisiera ver, que no me apeteciera tomar consciencia de todas las señales, porque por primera vez en mucho tiempo me sentía viva, viva de verdad, conectada con la realidad, con la vida. Con la emoción, con la montaña rusa que era vivir contigo, que era vivir conmigo. 

Me enamoró tu inocencia del mundo que estabas descubriendo, tus preguntas desde tu desconocimiento máximo a las cosas, que para mí eran obvias. Me parecía muy humana tu curiosidad por querer saber. Porque tú no venías de dónde yo lo hacía, al menos en este plano físico.

Tú me pediste ayuda, yo te la ofrecí. Yo debía sanar mi karma pero a la vez me dejé arrastrar hasta lo más mundano para tomar consciencia de la vida de la que venías, de la educación que no habías tenido, del amor que no habías recibido y que no sabes que mendigas en todos tus actos de rebeldía, de las palizas que te habían dado, que te han hecho un luchador, un superviviente.

Consciente de tu fragilidad atrapada en tu coraza, me contagio de tu rabia, de tu inconsciencia, de tu tirar adelante sin mirar por ni para nadie.  Pero también me enamoré de tu manera de llamarme “Cariño”, de pedirme los besos, de cómo me pedías afecto y amor. Y de ofrezco un hogar, comida, ropa. Y muero por darte vida, experiencias y por hacerte sentir querido y valorado.

Mientras me trabajaba mi miedo, mi inseguridad y mi locura por ti.  Recuerdo nuestro primer día de playa. Nuestro primer baño. Puedo sentir tu sensación de libertad dentro del agua, de poder ver el cielo y el mar todo a la vez, de sentir que el mundo era muy grande, y lleno de cosas para descubrir aún.  

Nuestro primer día en las pozas, caminando por la montaña, el agua fría, la vida caliente, los abrazos y los besos siempre nuestros.

Instauramos nuestros cafés de terraza mientras llegó Andy. Para hacer compañía a la Lluna, porque te dije que dos se hacen compañía. Porque pueden pelear, jugar y se amarse. Y así ya fuimos cuatro en casa. Muchos días te veo en Andy, un niño que se cree valiente pero viviendo siempre alerta a cualquier ruido, detrás de la Lluna, juguetón y desapegado pero viniendo a ronronear cada noche para pedir amor, cariño y caricias.  

Pero empecé a entrar en estrés emocional. Era incapaz de controlar y de entender lo que me estaba pasando por dentro. Incapaz de afrontar mi realidad laboral y queriendo sólo vivirnos 24/7. Y mi expediente disciplinario seguía su curso. Porque lo que me imputaron poco tenía que ver con la realidad pero no lo podía rebatir porque había decidido mantenerme detrás de mi verdad en mis declaraciones…. 

¿Quieres saber cuál fue nuestro primer crash? Tu cumpleaños y los días siguientes.  

Cuando me sentí traicionada por ti y por él. Y yo sola me metí en un pozo, en el que la avaricia me llevó, sin quererlo, a pensar que te había traicionado. Aunque no era la realidad. Sabes de sobras que para mi sólo éramos importantes tu y yo. Y ahí me di cuenta que yo para ti era un vehículo y una parada. Un sitio en donde estar cómodo mientras tú arreglas tus cosas.

Y recuerdo mi furia, desatada como un ciclón, destrozando tu teléfono a martillazos, sintiendo oleadas de rabia interior que explotaban mi corazón, quería que esa explosión te destrozara como a mi, literalmente por haberme utilizado y por utilizar ese tono de prepotencia máxima conmigo. Mi niña interna se perdió en un dolor muy grande. Y sólo podía sentir pena por mi.

¡¡Por dios!! ¡¡Conmigo!!¡¡ que te lo había dado todo y a quien se lo estabas quitando todo!!

Te odio por ese día, por esas palabras, por esos gestos y actitudes. A día de hoy, en alguna terapia, aún me voy a esa emoción de enfado máximo para darme cuenta que lo creó mi mente. Y es desde esa creación mía infantil, que la transito la emoción, la respiro y la transmuto para transformarla en amor incondicional. Para darme cuenta que tuve miedo, que me sentí otra vez una niña abandonada.

Luego tuve el valor de mirarte a los ojos y empezar a reír. La situación me empezó a parecer tan ridícula que no podía más que reírme de mí misma. Me sentí tan idiota, tan infantil, tan poco preparada para la vida que me reí.  Ese mismo día te pedí volver a nuestra playa. Otra vez. A inundarme de energía de mar, a inundarme de mi misma y ha pedirte que no te fueras. Que te quedaras hasta que lo tuvieses todo solucionado. Que no estaba lista para estar sin ti, sin tu ruido, sin tus pies, sin tus manos, sin tu voz, sin tus buenos días y sin tus buenas noches…

En realidad sólo quería enseñarte que yo era más de lo que habías visto esos días, que no somos un único momento, que somos un conjunto de momentos y de emociones. Ya lo sabías, pero era la excusa que necesitabas para irte. Luego la utilizarías más veces. De hecho sé que la vas a utilizar toda tu vida, porque el dolor que sientes dentro de ti es tan grande que siempre vas a necesitar huir de ti mismo. Y es probable que aún no lo sepas, pero yo sí.  

Y nos recuerdo sentados, abrazados, mirando el mar. Sabía entonces, igual que sé ahora, que nunca vamos a conectar con nadie como nos hemos conectado entre nosotros dos. Puede ser porque mientras estabas encerrado aprendimos a comunicarnos sin hablarnos, que nos entendíamos con tan solo mirarnos. Por eso, aunque nos hablamos poco, nos entendimos mucho. Mi dulce niño, aún con todo, te sigo entendiendo en tu totalidad.