Nuestro primer beso

 Cada vez más consciente de mi incendio interno y de tu fuego, no me faltó la osadía de venir a tocarte. De levantarme de mi despacho cuando tu cerraste tus cortinas, pedir que me abrieran tu celda y mirarte en silencio. Observar como un pedazo de tu enfado se transforma en sorpresa. Siento tus ganas de pedir perdón para poder acercarte a mi y robarme de mis horas de trabajo para encerrarme en tu celda.

Pero nos quedamos quietos, en el filo de tu celda. Te habías enfadado por haberme visto trabajar sin atender tus inquietudes. Y tus celos ante una situación que desconocías se encerraron en tu mirilla y me los lanzaste a través de los barrotes de tu ventana.

Y aquí estábamos, en silencio. Para que nadie durante el chape de mediodía nos pudiese oír.

Tu y yo, en tu celda. Miradas silenciosas. Y casi sin querer, mis brazos se acercan a tu cuerpo y llega nuestro primer abrazo infinito, el que nos hizo tocar el corazón. Ese latido acompasado que me recorría los dedos de mis manos. Mis manos en tu nuca fundiéndolas en tu cuello. Tus ojos cerrados sintiendo ese momento infinito entre nosotros. Y así sin querer pararlo nos robamos nuestro primer beso. Tan lento, tan suave, tan dulce, tan nuestro. Entre latidos y silencios, entre respiraciones y miradas cómplices de querer salir de allí y podernos vivir eternamente.

Nos soñamos siendo capaces de saltar alambres y concertinas, de volar como pájaros y querer robarle todo el tiempo al amor.

Esa noche, antes de irme me pasé por tu celda a darte las buenas noches, a sostenernos la mirada a través de la mirilla. Te había traído algo para que pudieses ponerte en tu dedo y así poder anclar nuestro amor a tu presencia, a tu soledad, a tus miedos, a tus niñerías contagiosas de locura infinita.
Deslizo nuestro primer infinito por debajo de tu puerta. Ese infinito que, aunque ahora ya no estés, nos va a unir toda la vida. Ese que sé que llevas siempre contigo, en tu dedo y tatuado en tu mano. Porque desde hoy, siempre habrá un nosotros infinito.

Y cada día me voy más desconcertada al dejarte ahí encerrado. Construyendo, de camino a casa, ese sueño nuestro que nadie va a poder destruir nunca.

Mi niño dulce, hoy no puedo culparte de nada. Mañana serás ese cabrón que tubo miedo a quererme y se fugó con mi corazón pero sin mi. Dejándome la historia vivida para poder escribirla desde mi recuerdo más dulce.

Noelia Pedrola