JUGAR POR JUGAR

Jugando aprendimos a jugar y a entender el juego. Se respetaba el aprendizaje natural, espontáneo, inconsciente, para no olvidar lo aprendido.

Mi memoria y recuerdos evocan un potrero con arcos improvisados, si había pocos jugadores se jugaba sin arquero y con arcos pequeños, si venían más se movían hacia atrás las piedras que hacían a la veces de postes, si había poco espacio o este era insuficiente para jugar en dos arcos, se jugaba en un metegol.

Muchas veces jugábamos en plazas, llenas de hamacas, toboganes, los obstáculos a vencer eran elementos fijos, no se caían. Echábamos muchas veces las hamacas a los caños para liberar un poco de espacio.

El gol claro generaba alegrías y tristezas, por supuesto, jugábamos de todo y en todas las posiciones, arriesgábamos haciendo cosas que no dominamos bien, sin miedo al error y a perder el balón y sobre todo en aquellos tiempo nos divertimos mucho, porque quien disfruta jugando puede ser espontáneo, creativo y natural.

Los partidos no se acababan nunca y no había árbitros, no era necesario, ni desde luego, tampoco entrenador. Así jugando aprendimos a jugar, a ganar y a perder.

En el potrero jugábamos sin árbitro, a nadie se le hubiera ocurrido destinar a una persona a ese rol, si hasta el más malo se le daba un puesto, confinándolo al arco, pero con responsabilidades claras, generalmente era el dueño de la pelota.

Las instrucciones constantes, el control permanente y la corrección nos desconectan de la experiencia, generando una falta de libertad que nos limita y aburre. Antes solamente teníamos el fútbol, coleccionamos alguna revista deportiva, alguna que otra épica veladas boxísticas en televisión blanco y negro o también éramos expertos en el manejo de figuritas de chapa, mientras hoy abundan multitud de formas de ocio, diversión y entretenimiento para los más jóvenes. Si no disfrutan entrenando y jugando, antes o después despertaran del fútbol y de cualquier deporte.

En ese momento de disfrute total, de fluidez solo prestamos atención a la actividad, en la que el tiempo adquiría otra dimensión, hasta casi desaparecer, podíamos pasar horas jugando sin parar, hacerse de noche, olvidarnos de merendar o de comer, nada de eso era importante, el pitazo final lo pondría nuestros padres con algún que otro grito, “ya vengan a casa”.

Solo jugar, totalmente conectados al juego, sin pensar en el resultado u otros cosas, ya que ahí dejamos de fluir y se acaba la diversión y la magia de jugar por jugar….

Julio Cesar Armentia 

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