Yo soy Eso (So Ham)

marzo 9, 2021

yo soy eso

Yo soy Eso (So Ham)

 Si dejamos de lado las representaciones acerca de Dios que pudiésemos tener o haber tenido, y sobre todo si cesamos con nuestra imaginación de humanizarlo y en especial de adjudicarle un cuerpo y un género humano, que nos ha hecho verle, en algunas religiones monoteístas, como un hombre anciano barbudo y canoso, no mas alto que el mas alto de los seres humanos, sentado en el trono de la sala de control del universo, paradójicamente asimilado en ciertas mitologías politeístas a Zeus o a Júpiter, y abrazamos las características de atemporalidad, omnipresencia, omnipotencia, que se le suelen atribuir, entonces un acercamiento de esencia sucede con aquellas filosofías que al referirse a Dios (o a la idea de Dios), lejos de evocar un ser físico o material como ese, vislumbran más bien las concepciones inmateriales e intangibles, pero no por ello menos perceptibles, de Absoluto Universal, de energía universal.

 No pretendemos entrar al debate de si Dios es un ser o si es energía o quizás un ser de energía. Solo buscamos abrir una ventana de reflexión acerca de si Dios es visible o, mejor, si se le puede ver, y en ese caso, ¿cómo?

En ese orden de ideas, posiblemente para sorpresa de muchos, semejante incógnita no nos viene exclusivamente de las filosofías orientales. Ya hace mucho, desde el fin de la Antigüedad y el inicio del medioevo occidental, uno de los doctores de la iglesia cristiana, Agustín de Hipona, mejor conocido como San Agustín, se había planteado esta cuestión, particularmente en su obra “Confesiones”[1] y en sus nutridas Epístolas[2]. Y al leerle, palabras mas o palabras menos uno pudiera sentirse analizando el pensamiento de un maestro yogui. Veamos.

Sí, tal cual. Para empezar, las nociones del dualismo que nos hablan de Dios y del Alma, como entidades separadas y distintas, fueron magistralmente entrelazadas por Agustín, en un evidente acercamiento a las ideas del monismo o de la a-dualidad. De este modo, mientras que la filosofía atea hinduista Sankhia, claramente dualista, nos habla de Purusha, el principio universal eterno, indestructible y omnipresente, por un lado y, por el otro, de Prakriti, la materia, lo perecedero, lo cambiable, lo visible con el ojo, es lo cierto que la filosofía hinduista a-dual o monista Vedanta Advaita, considera la plena unidad conceptual entre la divinidad o Brahman y el alma o Atman.

 Para Agustín, Dios creó todo en su espíritu, y de allí ese todo cobró forma. Pero cuidado, desde este punto asumir un dualismo tan marcado como la iglesia católica lo ha mostrado, nos haría desviarnos del pensamiento agustiniano. En efecto, para él, existen “verdades eternas” (Brahman) a las cuales solo puede acceder el Alma (Atman), tras un proceso interior (yoga, meditación) que le conduce a la iluminación (Moksha o liberación espiritual), es decir, al descubrimiento y gozo de esas “verdades” que se esconden o se encuentran a la espera en sí mismo. Sólo en el Atman encontrarás a Brahman.

 Entonces, ¿qué es eso de que el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios? Acaso la interpretación evidentemente dualista y corporal, material o física de la iglesia católica, o algo mas profundo y esencial: que el Alma y Dios son un único espíritu, lo que explica que es entonces en nuestro interior, en nuestro cuerpo espiritual, en donde se encuentra el saber y la verdad (Jnana Yoga). He aquí el significado del saludo hinduista Namasté: la luz de Dios en mi saluda la luz de Dios en ti.

Y todavía más, cuando Agustín nos habla de que la voluntad es fundamental para poder reencontrarse con la divinidad en nuestro interior, se está refiriendo, en otras palabras, al yoga de la acción, al Karma Yoga, al Dharma o acción justa y debida, que desde ese actuar libre del apego a los resultados, nos permite liberarnos del Samsara o rueda de las reencarnaciones. También encontramos la alusión a Karuna o amor compasivo, cuando Agustín nos dice: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, nada más que amor serán tus frutos”.

 Ahora bien, volviendo a la pregunta inicial de si podemos ver a Dios y cómo, Agustín se responde que sí, pero no a través de los ojos físicos o corporales, propios de lo corruptible, sino por medio de los ojos interiores, “la mirada del Alma”. A explicar esto le dedica su Epístola 147[3], concluyendo: “Y no te mueva lo que algunos dicen con escasa consideración. ¿Qué es lo que entonces han de ver los ojos corporales, si no han de ver a Dios? ¿Acaso quedarán ciegos o nos serán inútiles? No se fijan en lo que dicen: si no hay allí cuerpos, aquellos ojos no serán corporales; si, por el contrario, hay cuerpos, habrá algo que puedan ver los ojos corporales. Pero baste que consideres lo dicho. Leyéndolo y releyéndolo desde el principio de mi carta, quizá advertirás sin vacilación alguna que debes preparar un corazón limpio para ver a Dios con su ayuda”.

Y luego, más concisamente, en su Epístola 148[4], asevera: “… que «los ojos de la carne no pueden ver no sólo la divinidad del Padre, sino tampoco la del Hijo o la del Espíritu Santo, que son una sola naturaleza en la Trinidad, pero sí lo pueden los ojos de la mente de los que dijo el Salvador: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Hay cosa más clara que esta manifestación? Si hubiese dicho que «los ojos de la carne no pueden ver la divinidad del Padre, o la del Hijo, o la del Espíritu Santo», y no hubiese añadido «los ojos de la mente», quizá se dijera que ya no se podía hablar de carne, una vez transfigurada en cuerpo espiritual. Al añadir, pues, y decir que se le ve con «los ojos de la mente», sustrajo esta visión a todo género de cuerpos. Y para que nadie pensara que sólo hablaba del tiempo presente, citó el testimonio del Señor, aludiendo a los ojos de la mente mencionados, pues con ese testimonio se anuncia la promesa de la visión futura y no de la presente: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

 En este orden de ideas, y desde nuestra perspectiva yóguica, ¿de qué hablaba Agustín con eso de “ojos de la mente”, “ojos interiores” o “mirada del Alma”?

Pues bien, todavía la filosofía occidental intenta dar una respuesta, más de un milenio después, esta vez en boca del padre de la duda metódica, del genial René Descartes, en su Tratado de las Pasiones[5] de 1649, en cuyo artículo 31 refiere que: “Es preciso saber también que, aunque el alma está unida a todo el cuerpo, hay sin embargo en él alguna parte en la cual ejerce sus funciones más particularmente que en todas las demás; y se cree generalmente que esta parte es el cerebro, o acaso el corazón: el cerebro, porque con él se relacionan los órganos de los sentidos, y el corazón porque parece como si en él se sintieran las pasiones. Mas, examinando la cosa con cuidado, paréceme haber reconocido evidentemente que la parte del cuerpo en la que el alma ejerce inmediatamente sus funciones no es en modo alguno el corazón, ni tampoco todo el cerebro, sino solamente la más interior de sus partes, que es cierta glándula muy pequeña, situada en el centro de su sustancia y de tal modo suspendida sobre el conducto por el cual se comunican los espíritus de sus cavidades anteriores con los de la posterior, que los menores movimientos que se producen en esta tienen un gran poder para cambiar el curso de estos espíritus, y recíprocamente, los menores cambios que se producen en el curso de los espíritus lo tienen igualmente para variar los movimientos de esta glándula”.

Esa glándula muy pequeña (de 1 cm y 0,2 gr), denominada por el filósofo “el asiento del Alma”, el lugar en que el Alma está adherida al cuerpo no es otra que la glándula pineal (“la cueva de Brahman”) o epífisis, ubicada en el centro del cerebro, en línea con la parte media de la frente y ligeramente por encima del entrecejo.

Así que, como podemos apreciar, las filosofías occidentales y las orientales, palabras más, palabras, menos, coinciden en que es el ojo interior, en el Nadi Yoga, en el cuerpo energético, el Ajna Chakra o “tercer ojo” u ojo interno, el ojo desde el cual podemos “ver” a Dios o conectarnos energéticamente con el Absoluto Universal. El sexto chakra, que combina las glándulas pineal y pituitaria, es el centro del conocimiento, de la sabiduría espiritual, es el punto en donde termina el desarrollo del ser humano, en este plano, y se abre el desarrollo del Alma a lo espiritual. Desde donde se regulan, en sentidos real y metafórico, los ciclos de luz y de oscuridad

En el sexto chakra, cuando está equilibrado, se reúnen Ida y Pingala, las energías masculina y femenina, solar y lunar (Ha Tha), Shiva y Shakti. Acontece, entonces, la realización de la primera estrofa de los Yoga Sutras de Patanjali al definir el yoga: “Ahora comienza la instrucción del yoga. El yoga es el cese de las fluctuaciones de la mente. Entonces el Vidente permanece en su propia naturaleza”. Se obtiene un estado de conciencia en el que la mente no está dispersa, agitada o fluctuante, sino serena y presente. Recordemos la sugerencia meditativa de cerrar los ojos y dirigir la mirada hacia el entrecejo.

Desde el aquí y el ahora nos volvemos “el vidente” y percibimos el verdadero significado de nuestra conciencia, redescubriendo que “yo soy eso” (So Ham[6]), quizás el bíblico “yo soy el que soy”.

Alberto Blanco-Uribe

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