La vaca, la gallina y el yogui

junio 18, 2021

La vaca, la gallina y el yogui

La vaca, la gallina y el yogui

La palabra “compromiso” tiene varias significaciones según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española[1], dentro de las cuales vamos a elegir las dos primeras, por ser las que más se acercan a la precisa comprensión de este término, según la aproximación ontológica que le deseamos adjudicar, que es la utilizada en coaching.

En ese orden de ideas, por compromiso entenderemos 1. “Obligación contraída” y 2. “Palabra dada”.

En efecto, desde la perspectiva en la cual nos ubicamos, comprometerse o asumir un compromiso, es tanto contraer una obligación, como dar la palabra. Pero obligarnos ante quién, dar a nuestra palabra a quién.

Así, nos comprometemos, obligándonos a hacer algo mediando nuestra palabra en ello, por ejemplo, al suscribir un contrato de cualquier naturaleza (arrendamiento, compraventa, préstamo, etc.), al entablar una relación de pareja, al tener un hijo, al vivir en sociedad e infinitos supuestos más. Empero, como podemos observar, todos estos casos implican una relación interpersonal, es decir, que la obligación asumida es frente a alguien distinto de nosotros, en donde haya o no remuneración o contraprestación (de la naturaleza que sea), se debe hacer algo en beneficio o provecho de otro.

Es también necesario tomar en cuenta en esa visión de lo interpersonal, que el origen o el fundamento de esa obligación puede tener fuente legal y/o moral o ética, de modo que ello igualmente proviene del mundo exterior, operando incluso eventualmente en contra de nuestra propia voluntad.

Entonces, si me comprometo frente a alguien, en su provecho, y en función de una exigencia externa a mí, de carácter jurídico o ético, siguiendo cánones conductuales de la sociedad en la que vivo, ¿dónde está el compromiso hacia y por mí mismo?

En otras palabras, desde el ángulo del coaching, coincidente aquí con el del yoga, evocamos acá un compromiso con nosotros mismos, con nuestro ser interior, un compromiso que viene de ese interior y cuyo fundamento, también interno, involucra ineluctablemente a nuestra voluntad, a nuestra propia decisión como origen único y determinante. Y a la postre consiste en un acto de libertad.

Hablamos de una obligación que contraemos para con nosotros mismos, de un darnos nuestra propia palabra en torno a una decisión más sentida que reflexionada, en relación con un hacer vital que propicia nuestro libre desenvolvimiento personal, y con ello nos llena de felicidad, pues actuamos desde el amor compasivo[2] imbuido de nuestra verdadera esencia.

Cuando este es el tipo de compromiso realmente presente, todo nuestro ser se vuelca a su realización, con un profundo empuje motivacional que viene desde el asiento de la voluntad que se encuentra en el tercer chakra, Manipura Chakra, a nivel del plexo solar. El prana (qi), la energía vital fluyendo hacia y retroalimentándose con la fuerza del amor que se nutre en el cuarto chakra, Anahata Chakra, a nivel del corazón, centro además del sistema inmunitario, transcurre por el quinto chakra, Vishuda Chakra, a nivel de la garganta, facilitando los fenómenos comunicacionales, llegando al sexto chakra o tercer ojo, Ajna Chakra, a nivel del entrecejo, que nos permite proyectarnos hacia nosotros mismos, hacia el verdadero yo, So Ham[3], en nuestro hermoso camino a la serenidad plena, a la fusión llegado el momento con el Absoluto Universal.

Hemos escrito en otros momentos acerca de la ley de la atracción y del poder de la palabra, significando la posibilidad real y comprobada de decretar lo que acontecerá para con uno mismo, haciendo fluir la abundancia y la paz mediando un enriquecedor aprendizaje constante. La intención definitoria[4]. La idea está clara. Lo que se anhela ahora es que nos demos cuenta de que para que semejante realización acontezca es indispensable que exista ese compromiso pleno para con nosotros mismos. Es el momento de plantearte lo que quieres hacer, con honestidad y sinceridad, y en todo ámbito de tu vida, y actuar en consecuencia, dejando atrás el esclavizante y entristecedor, estresante y deprimente, “tengo que hacer esto o lo otro”, por “estar obligado con para con”, y sus terribles secuelas en la salud física y mental.

Obviamente ello posiblemente tenga un costo, consecuencias, y es allí donde debes deslastrarte de los apegos y de los proyectos de vida que otros hacen para ti. Comprometerte tiene precio, pero sin compromiso no obtendrás lo que deseas. Sal de tu zona de confort. Y ten presente que nadie te pide que seas inflexible al respeto de tu compromiso. Muy por el contrario, en ese diseño y ejecución de tu querer hacer, desde abrirte a las posibilidades y actuar dispuesto a efectuar las adaptaciones que sean necesarias, para llegar al cumplimiento de tu compromiso.

Y es en este punto donde resulta trascendental tener presente la diferencia entre dos niveles distintos de compromiso, que son el involucramiento y la implicación. Es decir que, cuando te comprometes, puede que te involucres o que te impliques en aquello que está planteado.

Según el citado diccionario, involucrar[5] es “complicar a alguien en un asunto” e involucramiento[6] es “complicar”, mientras que implicar[7] es “adquirir el compromiso de participar en algo” e implicación es simplemente “implicarse”.

Lo que yo te propongo es de comprometerte contigo mismo, mediando tu implicación en ello y nunca tu involucramiento. Se trata de establecer la diferencia entre implicarse en un propósito o involucrarse en él. Y para mejor explicarme te contaré una historia muy conocida pero poco pensada.

En muchos lugares de habla hispana existe un plato denominado “bistec a caballo[8], que consiste en un bistec preparado con diversas salsas, pero en donde el detalle específico es el de llevar un huevo frito encima.

Pues bien, a la pregunta de cuántos animales están comprometidos en ese plato, la respuesta obvia es la vaca (o el toro) y la gallina, y lo están pues participan ambos, uno ofreciendo el huevo, y pudiendo continuar poniendo huevos durante toda su vida, la gallina, que está así implicada; y el otro, la vaca (o el toro), entrega su vida, pues no puede dar su carne sin morir, terminando vanamente involucrada.

Se trata entonces de implicarse en la decisión y ejecución de tu compromiso, haciendo todo cuanto sea necesario, desde la flexibilidad conceptual y la honestidad y sinceridad frente al propósito, para su consecución, viviendo en el aquí y el ahora, disfrutando y aprendiendo del instante presente, sin apego a los resultados.

De este modo, sería absurdo involucrarse, complicarse, en una suerte de “kamikaze” del destino propio, obrando desde la rigidez y la tozudez.

Querido lector, gracias por implicarte en la lectura de lo que escribo y construye tu compromiso para contigo mismo. ¡¡¡En ello pones en juego tu felicidad!!!

Alberto Blanco-Uribe

4 Comentarios

  1. Ana

    A veces por terquedaducha gente se involucra tozudamente sin notar como se les va la vida. Así que mejor implicarse y adaptarse.
    Y el mayor compromiso es hacia uno mismo

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    • Alberto

      Así es Ana, lo tienes bien claro. Un abrazo

      Responder
  2. Silvia Llaurado

    En la vida de pareja lo importante es implicarse respetando las necesidades del otro y las propias, ponderando las decisiones y buscando el justo equilibrio. Al involucrarse se incluyen cargas emocionales que complican todo. En el yoga juega la consciencia, el conocimiento interior que pondera las decisiones y las implicaciones. Muy buena metáfora en este escrito.

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    • Alberto

      Efectivamente Silvia, la implicacion nutre y enriquece, el involucramiento destruye, y el equilibrio es siempre fundamental. Si te manejas desde tu interior, un interior que conoces, que te es familiar pues lo visitas a menudo, entonces de verdad sabes quien eres y tus decisiones e implicaciones seran las adecuadas. Gracias de corazon por tu comentario. Namasté

      Responder

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